El ‘mono’ de María Auxiliadora

Artículo del Dr. José Rosado Ruiz. Médico acreditado en adicciones.

“Bienaventurada sea la enfermedad, que hace que los enfermos estén más cerca de sus almas”

Después de dos años de consumo de cocaína y alcohol, 14 meses de abstinencia sin recaída y una normalización de convivencia familiar, social y laboral en los 8 meses de asistencia a los talleres ocupacionales, se cumplían las condiciones necesarias y suficientes para la alta terapéutica que señalaba su rehabilitación.

Desde hacía meses, trabajaba todos los fines de semana como camarero y durante la semana, por su “buen trato y mejor oficio” aprovechaba todos las chapuzas que le salían y que suponían una ayuda a la pensión de su padre. Juan vivía con una madre, que soporta una depresión crónica con una “farmacia particular” y un padre con claros síntomas de demencia senil.

Como hacía tiempo que no teníamos relación terapéutica, me sorprendió su llamada telefónica. Era el día 16 de marzo, y el confinamiento por el coronavirus estaba ya regulado y en actividad por la agresividad del virus. Me consultaba que su madre de 72 años había cogido una gripe, pues tenía algo de fiebre, un poco de tos, le dolía todo el cuerpo y apenas tenía ganas de comer. Estaba muy asustado.  Le sugerí que no dejara el tratamiento para su depresión y le puse una pauta de paracetamol e ibuprofeno pero si la fiebre persistía y faltaba la respiración, debía avisar al servicio de urgencia para su valoración. A los tres días me volvió a llamar: su madre se había negado a llamar a urgencias porque temía que la ingresaran en el hospital, y ella no iba a dejar a su marido abandonado. Pero es que ahora ya no tenía apenas décimas, no le dolía la cabeza, respiraba muy bien, y la tos era la de “mis resfriados”, decía.

Cada tres días esperaba la llamada de Juan y su voz demostraba que todo estaba volviendo a la normalidad. Él se encargaba de todas las tareas de la casa. “Nunca me he sentido más útil y necesario” me repetía, “porque ahora tengo una obligación que me hace vivir a mí y a mis padres”.

Por la tarde, me contaba Juan, escucho el Rosario que reza mi madre, porque dice que Mª Auxiliadora, de la que es muy devota, ha hecho el milagro y la ha curado, y “que de virus ella no tiene nada de nada” y lo expresa con tanta seguridad que yo no tengo la menor duda. Todos los días, a las siete y media de la tarde me siento junto a ella para el rosario y le he tomado querencia al tema pues el Ave María en la voz de mi madre es como una caricia llena de ternura que me garantiza una experiencia de serenidad. Los días que no puedo rezar con ella, es como si tuviera el mono de Mª Auxiliadora, y me estoy aprendiendo las letanías porque el rezo del rosario será el remedio terapéutico para cuando se me presenten los problemas y mi madre ya no esté conmigo.

NOTA: Imagen tomada de la página web de la Diócesis de Málaga.

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El ‘mono’ de María Auxiliadora

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